LA GARRA QUE NO CESA
0000—No volveré a distraerme en clase. Noventa y ocho.
0000—No volveré a distraerme en clase. Noventa y nueve.
0000—Y no volveré a distraerme en clase. Ya están las cien. He acabado.
0000—Uhmm, muy bien, puedes irte. Y espero —comienza la maestra su monserga de otras veces— que no vuelvas a…
0000"¡BLAM!", resuena el portazo de la niña, que no espera más y sale. La maestra se vuelve irritada hacia la puerta dispuesta a llamarla a gritos pero la sorpresa al contemplar sobre la pizarra el nulo resultado de su castigo le congela el gesto, la voz.
0000—Ay, Dios —alcanza a murmurar tan sólo.
0000Allí se encuentran las frases, pero no componen hileras, no están para nada encolumnadas, por ningún lado aparecen barrotes de letras iguales, ni tampoco el consabido muro de palabras repetidas, sino que las distintas frases (desiguales, sinuosas, pero perfectamente entretejidas, majestuosamente acopladas) conforman el enorme caligrama de un águila blanca, un fénix de plata con sus alas y sus garras extendidas, retratado en el exacto momento en el que se dispone a caer sobre su presa.
0000Tras un suspiro, al fin recuperada de su estupor, la maestra decide comprobar algo. Toma una de las tizas desechadas por su alumna y comienza a marcar mientras cuenta.
0000—Una, dos, tres… cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco, cuarenta y seis… noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve…
0000Se detiene, da un paso atrás y examina de nuevo asombrada el dibujo. Al llegar a cien no ha punteado aún ni la mitad de las frases.
ÉRASE (AL MENOS) UNA VEZ
0000Él decide soñar en todas las ciudades del mundo al menos una vez. Ella velar en todas las ciudades del mundo al menos una vez. E inician itinerarios opuestos, pero no; parejos, pero tampoco. Cinco, diez ciudades visitan al mismo tiempo sin encontrarse; ella disfrutando la vida nocturna, él bostezando ya en los atardeceres.
0000El día, la noche llega en que ambos viajeros han circundado el mundo a solas. Mira ella entonces, agradecida, a la luna que tan bien conoce, y al fin se abandona al sueño. Contempla él, concluido su periplo de sueños, las avenidas fértiles de luz, sus fluidas vorágines de risas no siempre fingidas; y decide (¿por qué no?) seguirlas, permanecer despierto.
0000Y aquella primera noche de sueño de ella, en la vigilia de él, se encuentran. Hay cierta fotografía de una alocada bailarina en un cálido club de luces suaves y ambiente propicio al abandono; es ella. Hay el sueño de un hombre recio de mirada intensa contemplando excitado el retrato de un desnudo en un museo que a ella le recuerda al club en que aquel fotógrafo se arriesgó a retratarla.
0000Él cree estar soñando, y a ella le resulta el sueño tan vívido que parece real. Ella, despierta ya en su alcoba, el corazón acelerado, su sexo ardiendo, nunca se ha sentido más viva. Él, bajo el influjo de la música densa del local y el alcohol al que no está acostumbrado, experimenta el más dulce ensueño que sintiera jamás, junto a la volátil imagen de aquella ninfa que tanto buscó en su inconsciencia.
0000Entonces, él roba la foto y decide velar las noches de todas las ciudades del mundo al menos una vez hasta encontrarla. Ella, cautivada por su vislumbre de él, decide no olvidar y buscarle, soñando en todas las ciudades del mundo al menos una vez.
EL HACEDOR DE TIEMPO
0000Amaba el ínterin, los tiempos muertos, el "día de mañana", todos los entretanto. Las salas de espera, los turnos y las colas eran su reino, así como los minutos previos a la sirena de salida del colegio o de la fábrica; la demora de los camareros, el plantón de las citas, ese eternizable "hasta la noche" de los amantes; y tanta vacua conversación antes del resultado de cualquier examen, después de cualquier cansancio.
0000Pero sobre todo amaba su profesión que era la de corrector de entrelíneas. Enaltecido solía verse, a la par que temido, por todos aquellos escritores que deseaban estar seguros de reconocerse realmente en lo insinuado con sus historias, en lo contado tras lo contado.
0000Siempre resultaba incómodo para los autores atisbarle a escondidas mientras demoraba su análisis. "Pero si apenas leyó", se decían todos, viéndolo recostado con la mirada perdida en las nubes y un dedo atravesado en mitad del manuscrito.
0000Y el resultado de tan dilatado estudio siempre era el mismo. Pongamos por caso, el principiante finalmente preguntaba (casi siempre interrumpiéndole):
0000—¿Terminó ya? ¿Qué le pareció?
0000—Uhmmm —"contestaba" él, regresando el original junto con un gesto indescifrable. Y el autor, con tono lastimero:
0000—¿Verdad que no, que no conseguí alcanzar ese, ese… énfasis que intenté? ¿Por qué fui tan ambicioso? ¡Cuánta falta de fluidez, de estilo! ¡Ay, y cuánto tiempo malgastado!
0000A lo que el censor de entrelíneas sólo sonreía, como cualquier niño que, tras haberle sido usurpado, recuperara al fin su sitio.
LAS ILUSIONES ROBADAS
0000Como fieles asociadas de la muerte que son, la verdadera labor de las arañas es extender intrincados tejidos de sombra, atrapasueños invisibles por todos los rincones de nuestra vida. Las otras, las comunes telarañas de seda, no son más que un subterfugio, una pantalla con la que parecernos inofensivas, incluso útiles. De día fingen comer insectos quizá dañinos, pero de noche acuden a las colmadas redes que emplazaron sobre nuestras camas y engullen minúsculos dragones, vaporosos unicornios, o tal vez caballos alados, duendes, hadas… Devoran todos los sueños de infancia que consiguieron arrebatarnos.
0000Quienes son privados de esos sueños acaban insomnes, faltos de vigor, de sangre; ojerosos y cansados pierden el apetito y miran con odio la luz del día cuando llega, siempre demasiado pronto. Como cenicientos vampiros recién exhumados dirigen luego sus anodinas vigilias a las ciudades, donde la herrumbre de sus trabajos jamás les sacia.
0000Así, el olvido es sólo un modo más de la sombra, y la sombra una vieja astucia de la madre de todas las arañas, ésa que llamamos: vejez.
TELÉFONO ROJO
0000Su primer rubor sobrevino durante la firma de libros de la escritora, cuando con demasiada timidez pidió:
0000—Para Raúl. Gracias.
0000Le examinó entonces ella mucho, complacida, antes de comenzar a escribir.
0000Pronto quedó claro para todos que la autora no se estaba limitando a completar una dedicatoria, sino que se entretenía en trazar un rápido bosquejo de su admirador.
0000"Para Raúl, que casi logra, de tan hermoso, dejarme sin palabras", añadió finalmente, más fecha y firma, al pie del dibujo.
0000—Espero volver a oírte —le susurró luego, mordiéndose impúdica el labio inferior, mientras devolvía el libro; y el rostro de Raúl adoptó tal tono carmesí encendido, que hubiera sido capaz de alumbrar por sí solo cualquier neón de club de alterne.
0000Sólo una vez de camino a casa, aún acalorado, y mientras meditaba la chocante despedida de la autora, reparó en la fecha: "Al 64 de seiscientos del 7408", ponía. Y se ruborizó de nuevo.
LA FISIÓN
0000Ya en otras ocasiones jugaron a conversar con gestos durante una conferencia, pero esta vez la seña de su amante había resultado más brusca de lo habitual.
0000—... y así —continuó la oradora mientras esperaba su confirmación desde el público— el incremento de temperatura y presión practicado fue suficiente para acercar los núcleos atómicos y... —volvió a cruzar y descruzar él los brazos: distancia— y traspasar el punto crítico a partir del cual se transformaron las fuerzas de repulsión en las de atracción —rozó sus labios ella: lo hablaremos—, de tal modo que conseguimos vencer el natural rechazo entre sus cargas positivas —señaló él su anillo de casado—. Por tanto que... queda... —sujetó fuerte el colgante de plata con forma de corazón que le regalara, pero él negó con firmeza—. Perdón... —tuvo que beber un sorbo de agua—. Queda demostrada la eficacia de nuestro procedimiento para la conquista de la fusión nuclear. Muchas gracias.
0000Ninguno de los dos apartó del otro la mirada durante las palmas que siguieron. Él, claro, fue el primero en recibir la venia en la ronda de preguntas.
0000—Dígame —dijo—, a pesar de lo factible del proceso expuesto, ¿resulta actualmente rentable?
0000—No, pero —casi lloró ella—, pero tenemos esperanzas de que en un futur...
0000—¡Gracias! —cortó él, serio, antes de abandonar la sala.
LA CAJERA
0000Su tristeza aquel sábado por la noche fue la máquina registradora del hipermercado en el que había completado turno, las rarezas mezquinas del encargado y aquellos ojos saltones suyos mirándole el escote, la rutina de los mendigos rebuscando en la basura los restos de alimento que ella misma había tirado unas horas antes.
0000La desilusión la esperaba en la parada del autobús, que llegó tarde y abarrotado como siempre, en los cuatro vagos del barrio sentados en la acera fumando algo en papel de plata; la esperaba en el ascensor, ya en su bloque de apartamentos, que seguía, para no variar, fuera de servicio; la esperaba en el olor rancio de su casa estrecha, incómoda, vieja.
0000Su cansancio vinieron a ser los dos "hola" tibios de sus hijos, la noticia de que la niñera había encontrado por fin una excusa para dejarla, tanta factura que sabía y ni miró, la cena que tuvo que preparar, el espejo del baño tan sucio y su rostro en él después de la ducha, avejentado.
0000—Mira mamá, y con espadas, pero de láser, ¡así! —le explicaron mientras, con su energía habitual, reproducían la esgrima, fingiendo haces de luz naciéndole de las manos.
0000—Yo no sé qué es eso del "la-ser". Vamos a ver otra cosa, ¿eh?
0000Pero ante la sola mención de cambiar de canal arrugaron ambos la cara, y al borde del llanto, parecían buscar por los rincones un cohete espacial que les rescatase. Sólo con contemplar lo simpático de sus gestos supo que sería incapaz de hurtarles la película. Sonrió resignada.
0000Y allí la rindió el sueño tras la cena, sobre el sofá del salón, mientras sus hijos seguían a los caballeros del espacio, transportados por una vieja nave estrafalaria, en su lucha contra aquel criminal con forma de enorme sapo. "¡Que la fuerza te acompañe!", se deseaban antes de aprestarse a la batalla contra la tiranía.
0000Allí se quedó dormida sin que nadie le explicara que el láser no es otra cosa que ese rojizo brillo que conoce tan bien, y que brota día tras día del lector escáner de su máquina registradora.
FRUSTRACIÓN
0000El asesino sabe que no tiene escapatoria.
0000—¡Llegaremos a un acuerdo —Tras la voz al auricular resuenan los movimientos de muchos policías nerviosos— pero no lastimes a la pequeña!
0000Sonríe cruel mientras contempla a la niña maniatada sobre la cama. Hace ya mucho que dejó de sangrar. El corte en el cuello fue tan magistral como siempre.
0000—¡No hay acuerdo que valga, mamarracho! —grita, y revienta el teléfono contra la pared.
0000No deja de contemplarla. ¡Tan pura, tan hermosa! Sin duda fue ésta la mejor de todas. Sólo queda un detalle y su misión quedará cumplida, la entrega al barquero será perfecta. Coloca en su sitio la moneda y entonces sí: ahora es una muñequita lista para regalo.
0000El estampido del bote de gas lacrimógeno que resuena a continuación, rompiendo la ventana, no consigue alterar su felicidad, como tampoco le borra la sonrisa de satisfacción el tajo con que a sí mismo se rebana la garganta.
0000Todo ocurre entonces con rapidez y precisión, como el capitán ha ordenado. Fuerzan la puerta y le buscan entre el humo.
0000—¡Señor, los gases aún irritan!
0000Pero no les da tiempo a contenerlo. Su capitán ya se ha quitado la máscara. Quiere contemplar bien la expresión de la cara del agonizante asesino mientras le abre la boca y le arranca el óbolo ritual que se ha colocado bajo la lengua, como hizo con todas sus víctimas.
0000—¡Tú eres el mamarracho! —grita entonces, casi llorando, y comprueba satisfecho cómo al moribundo le asoma el horror al rostro.
EL MAESTRO
0000—¡Abuelo! —llamé en la taberna— Juegan al ajedrez con un maestro.
0000La partida simultánea se desarrollaba en la plaza de mi aldea, cerca del lavadero. En su mayoría eran amigos míos, sentados en las distintas mesas alrededor del de la pajarita, que les enfrentaba a todos, invitado por el patronato de deportes del ayuntamiento.
0000Cuando, después de ocupar un sitio, el jugador profesional le hizo una salida y se dispuso a seguir su ronda, mi abuelo no lo permitió, contestando con un movimiento instantáneo, y luego otro, y otro, y otro más. Los veinticinco lances siguientes fueron vertiginosos, casi violentos. Pero la defensa siciliana del abuelo aguantó de sobra el desarrollo de aquella partida rápida.
0000En determinado momento le vi rascarse bajo la boina y supe que había ganado. Desde que me entrenaba le temía a ese tic suyo de funesto agüero. No falló en ninguna de las muchas partidas que jugamos. Una vez hecho el gesto comenzaban a arreciar los mates, pero esta vez no ocurrió así. En lugar de usar el sacrificio de reina que venía cinco movimientos preparando retiró la torre de G-8, volviendo inestable su línea de ataque. ¡Qué descuido! El otro lo remató sin piedad.
0000—¿Por qué hiciste eso abuelo? —le pregunté en cuanto pude— ¿Cómo no usaste la reina? Tenías a la vista un mate en cinco, apoyándote en el caballo, ¿ves? —Y se lo mostraba, recuerdo, en el viejo tablero que teníamos en casa.
0000Me desordenó entonces cariñosamente el cabello antes de responder:
0000—Veo que te diste cuenta, ¿uhmm? —Y sonrió, sólo ahora lo entiendo, como si le hubieran examinado y aprobara con nota.
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